Por D.Paulo POYATO CUESTA.

Opinión. D. Paulo POYATO CUESTA.La Inmaculada Concepción o Purísima Concepción de María es, fundamentalmente y sobre todo, la Patrona de los Tercios Españoles desde el 8 de diciembre de 1585, durante el Milagro de Empel, en la isla de Bommel, en la actual Holanda, durante la Guerra de Flandes o Guerra de los Ochenta Años (1568-1648), y es, además, la Patrona y Protectora de España desde 1644. Desde el 12 de noviembre de 1892 es la Patrona del Arma de Infantería del Ejército de Tierra de España.

Hasta aquí, todo perfecto y digno de reconocerse y conmemorarse. Ahora, la Realidad de la España democrática y constitucional de 2016 es la siguiente: una Infantería Española totalmente inexistente como Arma del Ejército de Tierra, pues las Fuerzas Armadas españolas alistan a unos 130.000 miembros en la actualidad, de los cuales 80.000 son de tropa y marinería y ¡50.000! mandos, o lo que es lo mismo, cada mando de las Fuerzas Armadas tiene a su cargo… ¡1,6 soldados o marineros! Patético y ridículo sino fuera verdaderamente suicida, ya que el Ejército español, hoy por hoy, es incapaz de garantizar la defensa de nuestra frontera sur y mucho menos de sostener un conflicto bélico de escasa duración con un enemigo secundario como Marruecos, y ello sin contar con el alto porcentaje de inmigrantes, de “nuevos españoles”, que conforman y militan en nuestra inexistente “Infantería” y en lo que queda de los tres ejércitos, lo cual magnifica el problema en caso de conflicto. Y el resto de la tropa, jóvenes españoles en paro, con apenas estudios básicos y con “vocación” de funcionario de uniforme para asegurarse una soldada mileurista mensual, siendo, sobre todo, andaluces o hijos de andaluces de la periferia obrera, masacrada por el paro, de Madrid y Barcelona.

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En cuanto a la Inmaculada Concepción, la inmensa mayoría de la población española desconoce que sea la Patrona y Protectora de España. Al fin y al cabo, los españoles son católicos sólo nominalmente. Sólo hay que asistir a un Bautizo, a una Comunión (donde el españolito hace la primera y la última a la vez), a una Boda o a una Misa de difuntos, para comprobar patéticamente que no existe cultura católica alguna, ya que casi nadie, a excepción prácticamente de señoras mayores, sabe cuando hay que ponerse de pie, sentarse o arrodillarse en la misa. Los españoles “creen”, piensan y sienten como les indica la “verdadera fe democrática”, es decir, veneran la Religión de los Derechos Humanos y sus dogmas de la globalización demo-liberal, y el multiculturalismo. Al fin y al cabo, la curería afirma que todos somos “hijos de Dios” y que antes que España está el “Pueblo de Dios”, es decir, antes que español se es ser humano miembro del “Pueblo de Dios”. Eso sí, miembro secundario de tan celestial Pueblo, como el resto de gentiles, pues el pueblo principal, preferido y amado por Yahvé es, según el “Génesis”, el pueblo de Israel, el de Abraham, padre y fundador del Judaísmo y padre de los creyentes, ya sean estos judíos, mahometanos o cristianos.

El 8 de diciembre, en vez de honrar en nuestras catedrales e iglesias a la Patrona y Protectora de España, como buenos católicos, los españoles han ido “en familia” a rendir veneración y pleitesía a “San Corte Inglés”, a “San Carrefour” y a “Santa Ikea”. Nuestros “compatriotas” sólo aspiran a adquirir cuantos más electrodomésticos mejor, al teléfono móvil de última generación, a la última novedad informática, a comer, a divertirse y a tener “experiencias” sexuales y a no tener hijos, pues “somos jóvenes” y hay que “vivir” y, además, hay “crisis”. Parir hijos es propio de “franquistas” y “nazis”, opresores de la mujer. Les es indiferente nuestra Historia y nuestro futuro. Son muertos que comen.

La Fe es conveniente y, en algunos hombres, incluso necesaria, pero el 8 de diciembre de 1585 el triunfo heroico de Empel fue posible gracias a la violencia y a la fuerza bruta de las picas y arcabuces de los Tercios Españoles, una suerte de Waffen SS (Arma SS) católica de la época, compuesta principalmente de alemanes, italianos, suizos y con la élite española, al servicio de la Monarquía Hispánica y Católica del Rey de España. La victoria no fue un milagro ni fue posible gracias a unas oraciones, a unas velas, a unas campanas o al agua bendita, sino gracias a la espada magnífica y al corazón intrépido del Maestre de Campo Francisco de Bobadilla y de sus hombres, el cual, ante la honrosa propuesta de rendición del Almirante Holak, jefe de la escuadra holandesa, le responderá: “Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos”. Tras la increíble y “milagrosa” victoria española, el propio Holak afirmará: “Tal parece que Dios es español al obrar, para mí, tan grande milagro”.

Bobadilla y sus infantes hicieron posible que Dios pareciese español

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