Digitales. Marine Le Pen tiene el viento político a su favor y la victoria de Donald Trump en Estados Unidos ha dado esperanzas al sueño de los militantes del Frente Nacional de verla instalada en el Elíseo en mayo del 2017.

La líder del Frente Nacional francés interpreta la llegada a la Casa Blanca del magnate norteamericano como el advenimiento de un “nuevo mundo” del que serán desterradas las élites políticas que gobiernan de espaldas al pueblo. Sumada al ‘brexit’, la rebelión “anti-estableshiment” del otro lado del Atlántico ofrece a Le Pen la oportunidad de presentarse ante los electores como una opción de cambio posible.

El contexto internacional y doméstico -marcado por un profundo descontento social tras años de crisis económica que ha disparado las desigualdades con sus recetas neoliberales-  ha concienciado a una parte importante de los franceses de la necesidad de un profundo cambio político, para quienes el FN es el único capaz de llevarlo a cabo.

Los temas clásicos del Frente Nacional han impregnado de manera natural la agenda política y quien habla de frenar la inmigración, vigilar al islam o defender los valores de la República ya no es sólo Marine Le Pen, aunque también es cierto que sus imitadores dan claras muestras de un mal disimulado oportunismo político.

Los discursos alertando de que Francia puede sufrir una sacudida similar a la de Estados Unidos son moneda corriente a izquierda y derecha. Sin embargo, aunque el Frente Nacional (fundado en 1972 por Jean Marie Le Pen) ha roto el tradicional bipartidismo, sigue siendo rehén de un  sistema electoral manipulado exprofeso por una élite política francesa que ve en el FN una verdadera amenaza, no sólo para sus intereses electorales, sino también para su propia supervivencia política.

Prueba evidente de esta medida manipulación del sistema electoral, fue lo que pasó en diciembre del 2015. A pesar de tener más de 6 millones de votos y el 28,4% de respaldo a nivel nacional, no logró la victoria en ninguna región francesa, porque el “frente republicano” (socialistas y derechistas liberales) se unieron para evitar que la llegada al poder del FN acabará con décadas de privilegios y control político de los partidos “tradicionales”.

A priori ese sería el escenario que podría repetirse en el 2017 a la vista de las diferencias entre el sistema electoral francés (mayoritario en dos vueltas) y el norteamericano (indirecto a una vuelta), aunque en política no siempre está todo escrito.

 “Si el pueblo quiere, el pueblo puede”, repite Marine Le Pen, apelando al deseo de cambio de toda una nación, en su nuevo cuartel general de campaña bautizado como ‘La escala’ e instalado en una arteria que conduce directamente al Palacio del Elíseo: el 262 del Faubourg Saint-Honoré, cerca del Arco del Triunfo.

Una rosa azul sin espinas.

Allí ha desvelado esta semana el sugerente logotipo de la campaña, una rosa azul horizontal de tallo largo y sin espinas sobre la que aparece el eslogan ‘Marine presidenta’. Un doble símbolo que expresa la voluntad de superar la frontera ideológica entre izquierda y derecha al unir la tradicional rosa socialista con el color azul, emblema de su formación política.

Desde allí seguirá construyendo su imagen de candidata con su equipo de campaña, sin prodigarse mucho en los medios para mantener esa distancia propia de los presidentes ante la batalla política cotidiana. Su objetivo es tranquilizar a los franceses, convencerles de que votar al Frente Nacional no es ninguna anomalía, como así se empeñan desde el poder en hacerles creer. Un discurso por y para todos los franceses, alejado decidamente de la imagen decadente y gris representada por los partidos políticos tradicionales, la mayoría salpicados por casos de corrupción o acusados de incompetencia política, y que ahora luchan denodadamente por intentar cambiar la mala imagen que tiene una gran parte del electorado francés de sus candidatos políticos.

Al alinearse con las tesis de Donald Trump y Vladimir Putin, la líder del Frente Nacional no está sola en la escena internacional mientras en Francia sigue atrayendo a los desencantados de François Hollande, lastrado por un pésimo índice de popularidad.

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