Respuesta de Macario Valpuesta al artículo de Javier Hernandez-Pacheco “La deriva hacia el nacional-moralismo“.

Por Macario Valpuesta. Muchas veces se han puesto de manifiesto los enormes complejos que suelen aquejar a la derecha en todo el mundo, pero con una especial incidencia en España. Frente a la desinhibición de la izquierda, capaz de sostener las majaderías más delirantes con todo desparpajo, los intelectuales de derechas se suelen andar con sumo tiento y parsimonia a la hora de defender sus posiciones. Es verdad que la reflexión y la prudencia deberían ser cualidades transversales, propias de los pensadores de todas las ideologías, pero mientras los izquierdistas hacen política de forma asertiva y segura de sí misma (cosechando habitualmente grandes desastres, todo hay que decirlo) los derechistas suelen ser timoratos y vacilantes, a pesar de que sus políticas suelen resultar mucho más exitosas. Así, estos demuestran haber interiorizado el absurdo discurso dominante propugnado por sus rivales políticos, según el cual ser de derechas es una forma de pensamiento antisocial y encubridora de intereses espurios, que solo puede ser presentable en función de que uno sea moderado, muy muy pero que muy moderado, o más bien en la medida en que uno, más que defender los valores propios de la derecha, sostenga los del centro o los de la nada.

De este modo, observamos con estupor cómo las extraordinarias perspectivas que se están abriendo últimamente para las posiciones conservadoras en América y Europa son juzgadas, incluso por comentaristas y observadores que se dicen de derechas, exactamente igual que lo hacen los socialistas y progresistas variados que conforman nuestro panorama habitual patrio: como señales inequívocas del apocalipsis que se avecina. El dogma de lo políticamente correcto ha provocado una especie de censura invisible, pero muy férrea, que se aprecia en múltiples detalles. Uno no menor es la necesidad que sienten muchos bienpensantes de curarse en salud y poner el parche antes de que salga el grano, vislumbrando y denunciando, como nuevos Jeremías, peligros por doquier, todos ellos derivados del avance de la derecha que se está produciendo aquí y allá. La inesperada victoria de Donald Trump en los Estados Unidos, el auge de partidos como el Frente Nacional en Francia, Ley y Justicia en Polonia, Alternativa por Alemania, Unión Cívica Húngara, etc., son valorados como expresiones de un único fenómeno involucionista y oscuro que augura terribles calamidades. Evidentemente, no es lo mismo Trump que Marion Le Pen, Orban que Szydlo, incluso Fillion que Marie Le Pen; y naturalmente es verdad que se abren también nuevas incertidumbres en el mundo, algunas de ellas preocupantes. No lo pretendemos negar. Habrá que estar al tanto, pero parece evidente que por primera vez en mucho tiempo se observa cómo la marea progresista que nos estaba anegando puede ser revertida. Y esta noticia es, cuando menos, muy esperanzadora, por no decir para celebrarla por todo lo alto. Yo, al menos, todavía lo estoy disfrutando.

Uno de los más típicos síntomas de la derecha acomplejada es el “purismo”, una especie de catarismo según el cual ninguna compañía política inequívocamente de derechas es lo suficientemente buena como para colaborar con ella, porque todas “son peligrosísimas”. Tal vez conozcan ustedes al típico ciudadano conservador que nunca se suma a ningún proyecto porque no es lo suficientemente católico, o tal vez porque no es lo suficientemente liberal, o incluso porque es “demasiado liberal”, o sencillamente porque no insiste lo necesario sobre tal o cual aspecto sectorial que a él le interesa especialmente. Conforme a esta actitud, poner pegas a la burocracia de Bruselas puede significar ser calificado como anti-europeísta; y defender los valores tradicionales frente a la cultura de la muerte se convierte en “nacional-moralismo”, último epíteto infamante que sugiere una subliminal “reductio ad Hitlerum”. La selección de tan descalificador mote sugiere que para tales analistas la nación no es importante, pues consideran que eso conduce al tribalismo (¡con la que está cayendo en España!) hasta el punto de preferir los perfiles “inmoralistas” de la sociedad post-moderna.

Seguramente, muchos de esos mismos puristas no dudarían en apoyar la colaboración con fuerzas ya consolidadas e instaladas en el consenso social-demócrata, porque eso sería considerado como una muestra de moderación y posibilismo. Estoy convencido de que, en el hipotético caso de que VOX tuviera representación parlamentaria, nadie vería con malos ojos que este llegara a ciertos acuerdos puntuales con partidos abortistas y homosexualistas, como son el PP y Ciudadanos, pensando en el bien del país. Sin embargo, muchos de esos supuestos liberal-conservadores se rasgan las vestiduras hoy porque el líder de VOX, Santiago Abascal, ha tenido la osadía de reunirse una vez con el Frente Nacional francés. ¡Pecado imperdonable! Es que no se puede ser tan extremista…

La defensa de la soberanía nacional que proponen esos nuevos partidos, incluidos VOX, es juzgado en clave de las dos guerras mundiales: como el prolegómeno de una futura deriva belicista, ocasionada claro está por nuestra culpa, o como un retorno a la autarquía y al aislamiento. Tan cultos cosmopolitas parecen ciegos a la evidencia de que estos fenómenos a los que estamos asistiendo no se deben a un rebrote caprichoso del sentimiento identitario basado en la sangre o en el honor, como si tuviéramos añoranzas de las masacres del siglo XX; se trata de algo mucho más sencillo: las sociedades normales se resisten a suicidarse diluyendo su identidad en un magma multicultural, como nos propone el progresismo dominante.

El surgimiento de estas derechas alternativas es tanto más milagroso cuanto todas ellas han supuesto movimientos espontáneos surgidos de la sociedad, frente a la prepotente agresividad de los progresistas, entregados concienzudamente al adoctrinamiento de sus súbditos, y ante la claudicación de las derechas del establishment, tan preocupadas porque no les llamen “fachas”. Frente a tantos remilgos, hay que sostener con firmeza que el afán de preservar los valores fundacionales de una nación, especialmente los democráticos, no significa fundamentalismo. La resistencia argumentada a la liquidación de la familia no es homofobia ni intolerancia. La defensa de la vida prenatal no es machismo ni clericalismo. La vigilancia de nuestras fronteras y el control de la inmigración no es xenofobia. Y así sucesivamente.

Afortunadamente, las etiquetas infamantes, que tan bien diseña la izquierda y tan torpemente asume cierta derecha, no están parando a las nuevas fuerzas políticas en ningún lugar del mundo. La única excepción es España, convertida, gracias a El País, a las televisiones y a la Academia del Cine, en la reserva espiritual de la progresía mundial. ¿No va siendo hora de cambiar el paso?.

Macario Valpuesta. Sevilla.

Anuncios