Por @yolandamorin

Opinión. Yolanda Morín.Las autoridades francesas han decidido por fin desmantelar la famosa “jungla” de Calais, caótica, violenta y olorosa embajada tercermundista en el corazón de Europa, foco de criminalidad y llaga purulenta en el paisaje, otrora pacifico y próspero, de un país que despierta a las terribles realidades que nos han cocinado las élites que juegan a brujos y hacen experimentos con la suerte de los pueblos. Esa operación de limpieza consiste en realidad en recolocar a los silvestres y montaraces inquilinos del campamento en diversas localidades del interior del país. Dicho en otros términos: se trata de barrer la mugre bajo las alfombras. Pan para hoy y hambre para mañana… El problema no se soluciona, cambia de domicilio. Peor aun: se contagia a zonas que hasta ayer estaban relativamente a salvo de esta plaga. Pero ni siquiera la expansión de la invasión de inmigrantes ilegales y demás “refugiados” se limita a determinadas zonas alejadas de los grandes centros urbanos, en medio de la verde campiña gala, a la sombra de sus históricos campanarios. El mismo ParÍs se ha convertido en el campamento de estas nuevas hordas de bárbaros que se han instalado en el mismo centro de la antaño glamurosa y romántica Ciudad Luz, patria ya lejana de los poetas y los artistas, camino de convertirse hoy, por obra y gracia de estos inesperados e indeseados visitantes, en una réplica de un suburbio oxidado y podrido de África o Haiti.

“¡Después de Calais, todos a ParÍs!”: tal parece ser el mensaje lanzado a los cuatro vientos. La situación se está convirtiendo en trágica en la capital, convertida en lugar de encuentro de todo el Tercer Mundo.

El desmantelamiento de la “jungla” de Calais es un fracaso. Cientos de “refugiados” se han dispersado por los bosques cercanos a Calais, mientras que otros llegan en masa a París, tomando posesión de las aceras de la ciudad, para desgracia de los vecinos que padecen los inconvenientes de esta forzada promiscuidad. Hace poco más de un mes la Policía evacuó cerca de 2.500 inmigrantes ilegales que se habían instalado en pleno centro de París. Hoy la situación vuelve a ser la misma. Cada día que pasa el número de “refugiados” aumenta, llegan unos 80 por día, según la prefectura. Las tiendas de campaña se amontonan sobre unos 700 metros de aceras. Las fogatas alumbran la noche y se elevan rumores de selva primitiva. La noche se llena de gritos, peleas, aullidos de fieras heridas, gemidos de una humanidad desesperada…

La situación es cada día más complicada y conflictiva. Basura por todas partes, excrementos en las calles, gritos a todas horas, peleas entre individuos y enfrentamientos entre bandas, auténticas batallas campales con piedras y barras de hierro. Los robos y las agresiones contra los vecinos se multiplican. Los comerciantes ven pasar de largo a sus clientes. El barrio vive atemorizado.

París era una fiesta, ahora es una “jungla”. Los añorados años de Hemingway se fueron para siempre, hoy es el tiempo del miedo, de la discordia, del conflicto, del malvivir. Pronto será toda Francia que se verá afectada por esta situación, ya que el gobierno no ofrece otra solución que el desplazamiento del problema de un sitio para otro, sin querer nunca tratar el mal a la raíz, es decir cerrar las fronteras y expulsar a estos fuera de la ley, ya que se corre el riesgo de acabar en el caos generalizado si no se corta por lo sano. Pero nadie desde el gobierno parece tener el valor de llevar a cabo las medidas que se imponen.

Francia no expulsa a casi nadie. El número de deportados es ínfimo, mientras que las llegadas se cuentan por centenares de miles año tras año. Francia está arruinada por los costes de este tsumani migratorio que amenaza con asfixiar al país. Cada demandante de asilo le cuesta a las arcas públicas unos 13.000 euros al año como mínimo, de gastos administrativos y manutención, mientras que un menor no acompañado les sale por 50.000 euros anuales. Entre esos famosos “refugiados”, la inmensa mayoría son inmigrantes económicos que llegan atraídos como moscas al pastel del El dorado social que les ofrece Francia. Mientras tanto, el gobierno gesticula y habla mucho pero no hace nada concreto para poner un límite a esta marea.

Las bendiciones de la sociedad multicultural parecen estar cada día más lejos, la felicidad sin fin que nos habían prometido no se ha presentado todavía a la cita. Tal vez los ilusos terminen por abrir lo ojos, se rindan a la dura realidad y acaben por votar a Marine Le Pen dentro de unos meses. Por lo menos los franceses tienen esa opción, esa oportunidad, esa posible salida a la pesadilla en la que están inmersos. Los españoles, como siempre, seguimos con 40 años de retraso. Y sin embargo los problemas que tienen nuestros vecinos serán los nuestros dentro de poco. Podemos ver nuestro inmediato futuro en el presente de Francia. Hoy es Paris, pero mañana podrá ser Madrid o Barcelona.

Yolanda C. Morín, periodista, emprendedora y autora de numerosos libros.

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