Por Patricio Lons

Imaginemos por un instante una Europa que no haya pasado por el tamiz del cristianismo; nos encontraríamos con estos titulares en los medios de comunicación. Todavía leeríamos en los diarios que una nueva invasión vikinga se produjo en Normandía.

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¿Nos parece raro o absurdo? Pues así era Europa aún durante y después de la obra evangelizadora propulsada por el emperador Carlomagno para cristianizar pueblos bárbaros. Hubo que luchar y rezar mucho para acabar con la barbarie. Como legado visible de la obra carolingia, tenemos la catedral de Aquisgrán, donde recabe toda la herencia arquitectónica de Europa. En ella, participaron artistas, constructores y artesanos de todo el continente, hasta de la lejana Albania. Fue una recuperación de todo el legado europeo, un temprano Renacimiento. Fue un retomar la herencia de San Benito de Nursia, fundador de Europa, aquel monje benedictino que recuperó el saber formando una legión de monjes copistas.

Y esa cristianización, a través del imperio del gran Carlos, no hubiese sucedido sin enfrentar un sinnúmero de peligros. Pero respecto a las invasiones vikingas, se seguirían dando hoy en una Europa pagana y bárbara. Eso siempre y cuando el islam no hubiese aparecido en el Mediterráneo, pues con sus invasiones, ya Europa, habría sido islamizada y el mundo sería otro.

¿Cuáles serían las posibles consecuencias? En el Viejo Mundo, se habría cortado la construcción de la civilización europea, que con tanto esfuerzo hicieron las órdenes monacales. Benedictinos, dominicos y tantos otros más, recopilaron el conocimiento en libros copiados manualmente; se convirtieron en custos sacri del conocimiento introduciendo el alfabeto latino. Desarrollaron toda la arquitectura catedralicia con los estilos románico y gótico y dieron comienzo a las universidades, fomentaron la ciencia astronómica para mejorar las cosechas y así sentar las bases de la cosmología moderna, se formalizó el derecho y la justicia en las leyes humanas y en sus gobiernos, introdujeron técnicas de labranza, cuidado de animales, apicultura y el manejo de las fuentes de agua; todas estas fueron condiciones fundamentales para el crecimiento de las poblaciones. Sin ellas, se habrían quedado en un estado tribal. Impulsaron la pintura, las letras, la música y el teatro. Institucionalizaron la asistencia hospitalaria, creando los primeros procedimientos de higiene sanitaria y con ellas vino el desarrollo de la ciencia experimental.

¿Qué hubiese ocurrido sin todo esto? Podemos especular con dos opciones, una es la de un mundo bárbaro e inconexo entre todos sus continentes, con poblaciones muy reducidas, sometiéndose salvajemente unas a otras; la otra opción es con un islam triunfando a sangre y fuego en toda Europa. Sería un continente donde su paisaje urbano se lo vería bien distinto, en vez de poder disfrutar de la magnificencia de bellas catedrales como Colonia, donde descansan los restos de los Santos Reyes Magos y otras tan hermosas como Notre Dame, Chartres, Canterbury, la catedral de la Intercesión de la Virgen, más conocida como Catedral de San Basilio en Moscú y el Duomo de Milán o San Marcos en Venecia, veríamos mezquitas y a europeas con chador, en un mar de pobreza y guerras intestinas entre facciones sectarias.

Y en el Nuevo Mundo, ¿qué habría? Seguramente el panorama sería muy distinto al que hoy tenemos. ¿Veríamos indígenas viviendo felices saltando y cantando? Lo dudo. Posiblemente no habría descendientes de indios que ya estaban con la pirámide poblacional invertida cuando llegó Colón. Había tribus cuyo promedio de edad era de dieciséis años a causa de sufrir la esclavitud con sacrificios humanos y el canibalismo impuesto por las tribus más poderosas. Se producían numerosas guerras de exterminio y de supervivencia. De haber tardado España un siglo más, se habría encontrado con una tierra desolada y yerma. De hecho se encontraron ciudades abandonadas sin poder explicarse las causas. La Europa islamizada, ¿habría ido en búsqueda del Nuevo Mundo? De haberlo descubierto, ¿qué habría hecho con él? Lo más probable es que seríamos una copia de la catástrofe que se viviría en Europa. Nuestros ancestros no habrían conocido esta tierra para labrar sus sueños y esperanzas. Nosotros no estaríamos viviendo en esta tierra.

El mundo estaría envuelto en un caos y en proceso de extinción o ya, tan alejado de la Providencia, se habría extinguido hace siglos.

Parece que nos vuelven a llevar a esa opción de exterminio malthusiano con los ataques permanentes a la cristiandad, con la destrucción del bien, de la verdad y la belleza. Con la ingeniería social por medio de inmigraciones forzadas, ante la cual, las poblaciones receptivas actúan pasivamente, poniéndose la soga al cuello que asegura su futura extinción. Por eso, preguntémonos, ¿preferimos una Europa descristianizada o una Europa que defienda sus raíces y tradiciones? ¿Preferimos una América que abandone sus tradiciones cristianas o una que las recupere?

Llevamos dos siglos desde las independencias, desde esos momentos lentamente nos quieren sacar nuestra fe y sentido de trascendencia en los nuevos estados del continente americano. Hoy hemos llegado a un punto, donde la justicia ve como “peligrosas” a un grupo de monjas carmelitas, por el delito de rezar y hacer penitencias.

No creo que lleguemos a leer titulares como el que encabeza esta nota, pero ya podemos leer algunos tan surrealistas, que décadas atrás habrían sido impensables.

Pensemos bien lo que queremos y que cada uno actúe en consecuencia y a conciencia. No nos justifiquemos. Esa fuerza, la conciencia, es la última valla de nuestra defensa y depende exclusivamente de la voluntad que todos nosotros pongamos en ella.

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D. Patricio Lons, periodista e historiador argentino. Ejerció la cátedra universitaria en la Universidad Austral.Columnista en numerosos medios de comunicación argentinos y extranjeros e investigador de las raíces hispánicas de nuestra civilización.

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