Redacción. No han sido pocas las portadas y artículos en prensa y medios de comunicación que en estos últimos meses se le han dedicado a Hungría y muy especialmente a su primer ministro y líder del partido Fidesz, Viktor Orban. Su rechazo a la política de cuotas prevista por la Unión Europea para el reparto de la masa de inmigrantes ilegales que han entrado recientemente en el continente europeo y sus medidas para contener la marea de supuestos “refugiados” que se dirigían hacia las frontera húngaras, no han estado exentas de polémicas.

Orban ha sido presentado por diferentes medios como el campeón húngaro de esa oposición a las políticas que en este sentido se diseñan desde Bruselas, pero en Hungría, no es el único representante ni grupo político que ha hecho bandera de esa causa. A su derecha y defendiendo posiciones muchos más restrictivas en la materia, se situa el Movimiento por una Hungría Mejor (Jobbik), un partido relativamente joven y que en las últimas elecciones generales, celebradas en el 2014, lograron más del 20% de los votos. Hoy en día, es la tercera fuerza en el Parlamento húngaro pero la segunda en popularidad y está considerada como una de las organizaciones políticas de la denominada derecha nacional más poderosa de la Unión Europea.

“Hemos crecido por todo el país y tenemos una base de votantes jóvenes muy importante”, dice el diputado Márton Gyöngyösi, uno de los principales dirigentes de la formación. “Contamos con el apoyo del 53% de los jóvenes menores de 35 años y en las universidades ya somos el partido con más fuerza”, añade en su despacho del Parlamento con unas extraordinarias vistas al Danubio.

Fracaso de los partidos tradicionales.

Para muchos jóvenes húngaros, Jobbik representa el partido anti-élite, el que va en contra de un sistema que ha estado dominado desde la caída del comunismo por unos partidos que han fracasado a la hora de responder a las necesidades básicas de las nuevas generaciones.

Desde que Hungría ingresó en la UE, en el 2004, medio millón de jóvenes se han ido del país, “lo mejor de lo mejor, una enorme pérdida”, apunta Gyöngyösi, de 39 años, hijo de diplomático y que creció en Oriente Próximo y Asia, entre Egipto, Irak, Afganistán y la India.

“Lo que está ocurriendo en Hungría no es muy diferente a lo que pasa en otros países europeos”, reflexiona, por su lado, András Biró-Nagy, del think tank Policy Solution. “Hay que recordar que en este país tuvimos una dictadura comunista de 40 años y que los valores democráticos los han representado siempre la derecha, añade. “Sonará raro, pero en Hungría ser de derechas significa para muchos ser un revolucionario”.

En esta línea a Gyöngyösi le gusta marcar las distancias ideológicas con el gobernante partido Fidesz, para el joven politico “jobbik es el partido del siglo XXI, mientras que Fidesz es del siglo pasado y representa lo antiguo. Ya no tiene sentido esa división entre izquierda y derecha, eso ya es parte del pasado, de la vieja política”, afirma.

Una estrategia adecuada.

Su estrategia basada en el equilibrio entre un discurso radical y unas formas moderadas alejadas de estéticas asociadas a la vieja ultra europea, le ha proporcionado excelentes resultados en los últimos años. Jobbik ha venido ganando terreno al partido de Orbán, identificado por los más jóvenes como un partido de la vieja escuela excesivamente vinculado al poder y esa ha sido la tónica general hasta que estalló la crisis de los refugiados. A partir de ese momento la decidida actuación del primer ministro húngaro, le ha hecho recabar algunos de los apoyos que, de haber sido de otra manera, es más que probable que hubieran ido a parar a Jobbik, mucho más directo que Fidesz en todo este asunto.

Para los miembros de Jobbik, no cabe la menor duda de que Orbán ha hecho suyas ideas que salieron de los despachos de su partido, como convocar el referéndum contra las cuotas de la Unión Europea, levantar la valla en la frontera con Serbia y Croacia y reformar la Constitución para endurecer todavía más la política migratoria, medidas que, a pesar de todo, aplauden y apoyan.

“Hungría no conoce el multiculturalismo, ni lo queremos, eso existe en los países de la Europa Occidental y les toca a ellos gestionar sus problemas”, sostiene Gyöngyösi. “El multiculturalismo es consecuencia de la colonización y nosotros nunca hemos sido un país colonialista”, sentencia.

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