Por Patricio Lons. Entre las cosas buenas que la humanidad recibió de España, está el lenguaje de los signos para sordomudos; este fue creado por monjes franciscanos y benedictinos españoles, basados en antiguos sistemas de comunicación de señas que se remontan a los monjes cistercienses de Cluny. La idea del lenguaje de señas, nace como medio de hablar lo necesario cuando los monjes hacían voto de silencio y luego derivó en un sistema de comunicación para sordomudos. ¡Qué bello es hablar solo lo necesario! Bueno, como en muchas cuestiones de educación, la Iglesia siempre llevaba la delantera. Y eso me hizo pensar en la comunicación, el silencio y la cortesía.

Quienes somos afectos a la memoria de las cosas buenas, recordamos con facilidad y agrado, el estilo amable que otrora ostentábamos los argentinos. Soy de los que pertenecemos a aquella generación que sabía ceder la pared de la vereda a la dama, dar las gracias con una sonrisa, pedir por favor a amigos y mayores, cuidar de un niño, obedecer a la maestra, honrar a nuestros abuelos y preguntar a nuestros padres si nos podíamos levantar de la mesa, todo eso con nuestro mejor ánimo y sin sentir menoscabo alguno. Y al final del día, al acostarnos, rezar junto a nuestros padres sentados al borde de la cama. Éramos una generación que se criaba con un estilo de ser, con una cultura que nacía en el catecismo y en la herencia y tradición de las cosas buenas heredadas de la Madre Patria.

Pero junto a nosotros parecía engendrarse un cambio que no podíamos percibir, algo que venía de lejos y muy oculto, bajo zapa de nuestra inocencia.

Y en pocos años estalló con estruendo. Los argentinos empezamos a comportarnos ruidosamente, con palabras que agreden al buen sentido del idioma y al buen gusto de la semántica castellana, con imágenes que solo producen dispersión del pensamiento y con sonidos desagradables y estruendosos, portadores de la pretensión igualitarista de ser tratados como música a pesar de carecer de melodía, ritmo y armonía.

Sin embargo, muchos preferimos el buen vivir y el mejor convivir, sabiendo que cuando hago lo que debo, disfruto más de la vida y quienes solo hacen lo que quieren, se enfrentan con una pared de rechazos y un vacío detrás de sus actitudes egoístas que muchas veces terminan en situaciones donde a sus víctimas solo les queda el deber de defenderse; a veces, con el simple gesto de apartarlos de su lado.

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Parece que algunos argentinos, con falta absoluta de identidad nacional, han decidido no querer convivir con el resto en clara copia de la peor decadencia que sufrimos en occidente.

Y esto me remonta a un pensamiento de aquel famoso obispo norteamericano, monseñor Fulton Sheen cuando se preguntaba: “¿Cuándo nos metimos en esta idea de que la libertad significa no tener márgenes ni límites? Creo que comenzó el 6 de agosto de 1945 a las 8.15 am, cuando dejamos caer la bomba sobre Hiroshima. Eso borró los límites”.

En este agosto, a setenta y un años de esa tragedia humana, debemos reflexionar que a ese horror se llega comenzando por pequeñas cosas que se inician en la convivencia, primero entre personas y luego entre los pueblos. Cavilemos un poco. Aprendamos a apreciar la falta de ruido. Busquemos nuestros propios silencios para meditar, aprovechemos que Dios nos dio un alma inteligente y no renunciemos a ella. La libertad debe estar acompañada de lo moralmente mejor que produce nuestra civilización. Si nuestra libertad no iguala a esos valores cae en la esclavitud de las propias pasiones y si nuestro uso de la libertad supera los límites de nuestra civilización, cae en la anarquía. Es nuestra capacidad de pensar, soñar, rezar y amar, la que nos dará la justa medida de ella para una existencia más plena y una feliz convivencia.

Canal Youtube Patricio Lons

D. Patricio Lons, periodista e historiador argentino. Ejerció la cátedra universitaria en la Universidad Austral.Columnista en numerosos medios de comunicación argentinos y extranjeros e investigador de las raíces hispánicas de nuestra civilización.

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