Si quieren poder entender algo de lo que he escrito líneas abajo, les recomiendo encarecidamente que lean la siguiente noticia de prensa atentamente:

Gina Miller: la enamorada de España que puede parar el Brexit

Como puede observarse -siempre que hayan seguido mi consejo y hayan leído el enlace anterior-, la amenaza para la democracia no son los enemigos de la UE. 

A partidos como el alemán AfD se los presenta como un “peligro” para la democracia, a pesar de que abogar por marcharse de la UE no implica poner en cuestión el régimen político democrático propio de cada país. Y a pesar de que la propia UE es una aberración a medio camino entre la organización internacional y el Estado compuesto que no se caracteriza por un funcionamiento interno democrático (razón por la cual muchos partidarios del “Brexit” en el Reino Unido defendieron con toda razón y buen sentido la idea de que abandonar la UE era fortalecer la democracia británica). Al final, es fácil darse cuenta de que la mayor amenaza que en Europa enfrenta la democracia (al mismo nivel que el Islam en su versión salafista) son los eurófilos partidarios de la UE hasta la esquizofrenia. Véanse si no los dos botones de muestra que aparecen en la noticia adjunta.

En primer lugar, los eurófilos creen que es legítimo que los representantes del pueblo pasen por encima de él a fin de impedirle “hacer locuras”, lo que queda muy en plan “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, como en los días del llamado Despotismo Ilustrado. No me lo invento, porque en la propia noticia se hace referencia a la posibilidad de que el Parlamento británico se limpie el trasero con los resultados del referéndum popular sobre la UE, que avalaron el llamado “Brexit”. ¿Que no nos gustan los resultados electorales? ¡Al cuerno con ellos! Esto es terrible, porque el mensaje que se envía a quienes nos oponemos a la UE es el mismo que Maduro envía a la oposición en Venezuela: que no importa lo bien que los euroescépticos podamos desempeñarnos en las elecciones, porque ninguna mayoría absoluta, por abrumadora que sea, servirá para cambiar las cosas en la dirección que nosotros queremos (que podrá ser equivocada, pero no es ilegítima ni atentatoria contra la democracia).

En segundo lugar, me produce espanto que se le quiera dar buena prensa a una persona que, si no he leído mal, aboga porque el voto por medio del cual los parlamentarios deberían adoptar una decisión sobre una cuestión tan trascendental como lo es la de la permanencia en la UE sea secreto. Lo que es la destrucción misma de la democracia, que no solo se basa en elecciones, sino en elecciones LIBRES por medio de las cuales los electores votan por los candidatos en virtud, entre otras cosas, de la opinión que les merece su actividad pública. ¿Cómo formarse una opinión sobre lo que hacen por nosotros nuestros representantes si no se nos permite conocer qué votan en un Parlamento?

Ya me parece malo querer subvertir en el Parlamento la decisión popular, que creo que de ordinario debería ser irrevocable (excepto por el propio pueblo). Pero reconozco que si un diputado británico vota contra el Brexit de manera pública exponiéndose a la ira de sus electores, yo podré considerar que se equivoca y que no deberían darle la oportunidad de pasar por encima del pueblo, pero al menos lo respetaré. Porque como mínimo me demostrará que tiene coraje y determinación en la defensa de sus convicciones, y que está dispuesto a pagar un precio político por permanecer fiel a las mismas. En cambio, a un atajo de cobardicas de mierda que se cagan encima ante la posibilidad de perder sus cargos en las próximas elecciones y que esperan librarse del castigo -justo o injusto, pero democrático- de sus electores a través de un recurso tan burdo como el de ocultarles el sentido de su voto sobre cuestiones candentes, sencillamente es que no se los puede respetar. Por cobardes y porque no es aceptable que el pueblo soberano acepte un tratamiento propio de la plebe más sumisa. Y que conste una cosa: lo mismo exactamente pensaría también de partidarios del “Brexit” que, si el resultado hubiera sido otro, pretendieran pasar por encima de la voluntad popular de modo tan sibilino.

Por eso yo no respeto a Gina Miller, y repudio sus nefastos propósitos que más que eurófilos cabe denominar “euromaníacos”, como con acierto hace el censurado Pío Moa allí donde se lo publica. Del mismo modo que rechazo de plano que se nos quieran vender la ruindad y la cobardía como ejemplos a seguir, o como características deseables en nuestros representantes. IHS

Sertorio Atanasio Publícola

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